viernes, 9 de enero de 2009

TERTULIA A LAS SEIS

Doña Paquita despidió a sus amigas a la puerta de su casa, sonriente, entre besos al aire y promesas de que la nueva reunión sería, si cabe, más divertida y fructífera que la que acababa de rematar. Luego esperó un rato apoyada en el quicio de la puerta, observando como las tres mujeres desaparecían en la oscuridad de la noche, cada una camino de su hogar, de la rutina semanal que se rompía en las tardes de domingo. Era ese el día en que las cuatro amigas se reunían para echar una partidita al tute o al chinchón y sobre todo para charlar animadamente, poniéndose al día de las últimas novedades del barrio, que solían ser bastantes y de lo más interesantes, frente a una copita de licor de café, de anís o de lo que se terciara.
Doña Paquita se había quedado viuda unos años atrás, cuando a su pobre Eustaquio se lo llevó al otro mundo un cáncer de pulmón de lo más traicionero, a él, que no había probado el tabaco en su vida. Ni un achaque, ni una visita al médico...nada, hasta que un dolor en el costado y una tos persistente hicieron acto de presencia. El hombre fue muy terco, todo hay que decirlo, pues acostumbrado como estaba a tener una salud de hierro no quiso acudir al doctor hasta que ya era tarde y claro, duró apenas dos meses. En el fondo fue mejor así, porque para estar sufriendo..... pero lo cierto es que ella se quedó muy sola, y sobre todo muy triste. Los hijos ya eran mayores y ya tenían su vida, una vida que apenas tenía nada que ver con la suya propia y cuyos detalles casi ni conocía. La visitaban de vez en cuando, eso sí, pero cada vez esas esporádicas visitas eran más espaciadas, incluso se atrevería a decir que más casuales. Por eso, cuando aquella tarde de invierno se encontró con su amiga Inés en la cafetería de Fermín, fue como si un ángel llegara a la tierra dispuesto a devolverle la sonrisa. Inés y ella habían sido amigas inseparables de solteras, hasta que cada una se casó y tomaron caminos diferentes. Inés se marchó con su marido a la Argentina y allí estuvieron hasta que la jubilación los devolvió a la madre patria. Quiso la mala suerte que Ramiro, el marido, apenas sobreviviera unos meses a su regreso a España, pues un infarto fulminante terminó con su vida. Según su viuda, el tabaco y las opíparas cenas fueron lo que arrastraron al pobre hombre a la tumba tan prematuramente y precisamente cuando habían comenzado a disfrutar de su merecida jubilación. Pero Inés, al contrario que Doña Paquita, no se amilanó ante la desgracia y se dijo a sí misma que tenía que continuar viviendo, pues eso era lo que su difunto marido hubiera querido. Ni corta ni perezosa contactó con dos amigas de juventud, Micaela y Rita, y puesto que sus circunstancias personales resultaron ser parecidas ( Micaela era una solterona recalcitrante y Rita una feliz divorciada), se unió a ellas en sus discretas correrías. Con el transcurrir de los años las fiestas fueron dejando paso a diversiones mucho más tranquilas, como las consabidas reuniones en casa de cualquiera de ellas. Cuando Inés se encontró a su vieja amiga Paquita en el bar de Fermín, alicaída y llorosa por la pérdida de su marido, no dudó en invitarla a compartir sus encuentros, los cuales, sin duda, contribuirían a levantar el ánimo de la pobre mujer. Ella, aunque al principio se resistió, accedió finalmente a acudir a la tertulia, más que nada por compromiso, y el día señalado se presentó a las seis en punto en el pisito de Inés. Los resultados de aquel primer encuentro fueron asombrosos, no sólo se olvidó por unas horas de su reciente desgracia, sino que se ofreció para celebrar tan fantásticos encuentros en su casa, pues era la más grande y cómoda de las cuatro. Así comenzó todo. Llevaban ya más de cuatro años reuniéndose todas las tardes de domingo, cita ineludible e inexcusable a la que ninguna de las cuatro había faltado nunca, tal era el gusto que las mujeres sentían por el cotilleo desmesurado.
Aquel domingo, como tantos otros, cuando sus amigas se hubieron marchado y después de haber recogido los restos del encuentro, Paquita encendió la televisión y se sentó frente a ella en la cómoda mecedora. Sin hacerle mucho caso, cerró los ojos y comenzó un suave balanceo, mientras recordaba, palabra por palabra, la agradable tertulia de aquella tarde…

-Pues la noticia que os traigo es de órdago, no os lo vais a poder creer – contaba Micaela, mientras se servía una generosa copita de anís - ¿Os acordáis de Alfonsito, el hijo de Dominga, la pastelera?
-Claro, el que estudiaba derecho en Salamanca – repuso Inés – a estas alturas ya debe tener su despacho montado. Muy guapo era el muchacho, y muy estudioso, según decía su madre.
-A eso voy yo –continuó Micaela- El otro día fue el cumpleaños de mi sobrino Ramón y me invitó a comer. De camino a su casa, paré en la pastelería de Dominga con la intención de comprarle una buena caja de bombones artesanos, que se que le encantan al muchacho. Allí estaba ella, ya sabéis, tan ufana y orgullosa como siempre, como si su dulcería fuera la única en la ciudad. Mientras me servía los bombones le pregunté por su Alfonsito, por compromiso por supuesto, no es que a mí me importe lo más mínimo lo que hace el chico. El caso es que me sorprendió que me contestara con evasivas, hablándome todo el tiempo de lo mucho que le iban a gustar los bombones a mi sobrino, sin mencionar ni de lejos a su Alfonsito. Pero lo que más me llamó la atención fue ver salir al chico de la trastienda, ataviado con un delantal blanco y todo manchado de harina. Me quedé muda del asombro y Dominga también, pero de vergüenza, tanto que se limitó a envolverme los bombones con las mejillas encendidas. El caso es que ayer, me crucé en el rellano de la escalera con Berta, la vecina del segundo, que es prima hermana del marido de Dominga, una mujer muy agradable y muy servicial. Me saludó y me preguntó por mi hermana Carmen, que hacía tiempo que no veía y no sabía que la habían operado de cataratas. Y tal fue la curiosidad que se me metió en el cuerpo por ver al muchacho de aquella guisa que me atreví a preguntarle por Alfonsito, comentándole mi encuentro casual con él en la pastelería. Ni os imagináis lo que me contó. Pues que el muchacho ni abogado ni nada, que ahora lo han puesto a trabajar en la panadería.
-¿Y eso? Con lo bien que le iban los estudios….que cosa más extraña ¿no? – repuso Paquita.
-Que va hija, que va, de extraño nada, que los tenía a todos engañados. Cinco años en Salamanca viviendo del dinero de sus padres y dedicándose a la juerga. Parece ser que no sólo no tocaba un libro, es que ni siquiera estaba matriculado en la Universidad. A sus padres les mentía, les decía que los estudios le marchaban de maravilla y claro, con el paso del tiempo, cuando llegó el momento en que debería haber terminado se descubrió todo el pastel. Acabó confesando. El primer año le fue tan mal que no se atrevió a decirlo y el segundo tres cuartos de lo mismo. Hasta que la mentira se hizo tan gorda que ya no supo como rectificar. Además parece ser que Dominga ya había hablado con un abogado de la capital para que le diera trabajo al chiquillo y ahora ni trabajo ni nada. ¡Qué vergüenza! Han tenido que ponerlo a trabajar en la panadería, porque visto lo visto, no vale para otra cosa.
-Pobre Dominga – dijo con pena Paquita – menudo disgusto que se habrá llevado.
-¿Pobre? – repuso Micaela – le está bien empleado, tanto presumir de hijo, tanto ensalzarlo contándole a todo el mundo lo inteligente que era y lo trabajador y no se qué cosas más. Su hijo siempre era el mejor y ahora mira…le está bien empleado, por presuntuosa.
- Tiene razón Micaela, Paquita – argumentó Rita – A Dominga le está bien empleado. Tiene una lengua viperina con la que critica a todo el mundo. Fíjate que hace unas semanas me contó lo disgustada que estaba Teodora, la mujer del sastre de San Lázaro, por lo que había hecho su hija, y me lo decía contenta, regocijándose en el dolor ajeno.
-Pues ¿qué hizo la hija de Teodora? Camelia, creo que se llama ¿no? Una chica muy mona, y muy formal, por lo que yo se.
- ¡Ay Inés! ¡Qué equivocada estás! Muy mona si que lo es, pero lo de formal….
-Bueno hija pues cuenta – dijo Paquita – ¿qué eso tan grave que ha hecho, para que se le quite la formalidad?
-Veréis – comenzó Rita su relato – La niña Camelia tenía novio formal desde hacía muchos años, por lo visto comenzaron a salir casi de niños, no tendrían más de catorce o quince años. El es un muchacho encantador, yo le conozco, hijo de un médico de mucho renombre, y adoraba a Camelita. Daba gusto verlos, tan guapos, tan educados, tan enamorados… Juntos media vida, hasta hicieron la misma carrera para no tener que separase, marcharon a Madrid y estudiaron ingeniería informática. Luego montaron una empresa y cuando económicamente estuvieron asentados, comenzaron a proyectar el casamiento. Se compraron un chalet a las afueras de la ciudad y lo fueron decorando con gusto exquisito, según me contaron. Cuando tuvieron el nidito de amor preparado, fijaron la fecha del enlace. Tenían que haberse casado hace dos meses, pero no fue posible. Dos semanas antes de la boda la niña les dio la noticia. Estaba embarazada de un iraní con el que al parecer mantenía una relación secreta desde hacía unos meses. Por supuesto tuvieron que suspender la boda, fijaros que bochorno para esos pobres padres y sobre todo, para el muchacho, que encima de cornudo, apaleado. Ella por supuesto marchó para Irán con el otro, de nada sirvieron los intentos por convencerla de que lo que estaba haciendo era una auténtica locura. ¡Pobre chico! Parece ser que está con una depresión tremenda.
- Pues si, pobre muchacho, tiene que estar hecho polvo y esos padres también – repuso Paquita apenada – pero os voy a decir una cosa, de casta le viene al galgo.
-¿Y eso? – preguntó con extrañeza Rita, mientras las otras esperaban la respuesta expectantes.
-¿No sabéis la historia del sastre?
Las otras negaron con la cabeza.
-Pues veréis, Manolito el sastre siempre fue muy mujeriego, le gustaban más las mujeres que a un tonto un caramelo. Comenzó a salir con Teodora cuando ambos eran muy jovencitos, pero él no perdió ocasión de ir de flor en flor. La hizo sufrir mucho, muchísimo, andaba con unas y con otras delante de ella, que lloraba por todas las esquinas. Y aunque todo el mundo le decía que se olvidara de él, que un hombre así no lleva a ningún lado, ella seguía enamorada de él como una boba. Yo no digo nada, ya se sabe, las cosas del amor…. El caso es que a él lo llamaron a filas y le tocó hacer la “mili” en Canarias. Ya sabéis que por aquel entonces el servicio militar duraba mucho, no recuerdo si dos o tres años. Todos se dijeron que mejor ocasión no se le podía haber presentado a Manolito para sus continuos devaneos. Lejos de Teodora podía dar rienda suelta a sus instintos sin necesidad de enfrentarse con ella. Así que el muchacho se fue y ella quedó aquí llorosa, guardándole la ausencia, esperando con impaciencia recibir sus cartas, como una tonta, sin querer admitir que si cuando estaba aquí le era infiel, estando lejos lo iba a ser más. Pero bueno, ya sabéis lo imbéciles que podemos llegar a ser las mujeres cuando estamos enamoradas. Teodora, como ya os he dicho, esperaba las cartas de Manolito con verdadera ansia y era feliz leyendo las idioteces que él le escribía, que seguramente no eran más que una sarta de mentiras. Así fue pasando el tiempo y cuando llegó el momento en que Manolito tendría que regresar, no lo hizo. A su novia le ponía las excusas más peregrinas, de las que ahora, por supuesto, ni me acuerdo. Mas un día, o mejor dicho, una noche, totalmente de improviso, apareció. Él y su padre, Amador, el del molino, aparecieron en casa de la muchacha a altas horas de la madrugada, ante la sorpresa de ella y de su familia que no entendían nada de lo que parecía ocurrir. Muy gordo era lo que pasaba, amigas mías, pues en sus correrías Manolito había dejado preñada a una muchacha, hija de un jefazo militar de allí, de Canarias y claro, le obligaban a cumplir, cosa que no le hacía ninguna gracia. Era ese el motivo de su retraso en regresar. El padre de la chica estaba preparando el casamiento, ante el agobio de Manolito que se veía abocado sin remedio a cargar con un hijo y con una esposa que no entraban en sus planes de vida. La única solución que se le ocurrió fue escapar y casarse rápidamente con Teodora, la mujer que amaba, a pesar de cómo se había portado con ella. Para eso se presentaron aquella noche en casa de la chica. Le plantearon el problema y le propusieron la solución. Teodora, medio disgustada por toda la historia, se mostró al principio un poco reticente a contraer matrimonio con aquel hombre que por un lado decía quererla y por otro dejaba en estado a otra mujer, pero su corazón se ablandó cuando él le pidió perdón y le juró que nunca más le sería infiel. Finalmente ella accedió, pero con una condición: tenía que reconocer al hijo que esperaba la otra mujer, pues el niño no tenía culpa de la mala cabeza de su padre. A él no le quedó más remedio que aceptar, muy a pesar suyo. Aquella misma noche los casó Don Jacinto, el cura del pueblo, que estaba al tanto del problema y así se puso punto final a la vida licenciosa del Manolito. Nunca más se le conocieron más mujeres, al menos de puertas para fuera. Si le puso los cuernos a Teodora, lo hizo discretamente.
-¿Y el hijo que tuvo con la otra? – preguntó Inés
-Pues por mala suerte, o por buena, vete tú a saber, el pequeño nació mal y murió nada más nacer. Pero ya veis, primero el padre fue un bala perdida y luego la hija fue por el mismo camino
-Vaya – dijo Rita – ignoraba yo por completo la historia de Manolito y Teodora. ¡Quién lo diría!
-Pues ya ves, en todos los sitios cuecen habas. Y os digo una cosa eh, esa chica no ha de para ahí en sus correrías.
-Tienes razón, Paquita- dijo Inés – eso se lleva en la sangre, y en cuanto se canse de la vida en Irán, tan lejos de casa y con un hombre que no le ha de permitir devaneo alguno, lo mandará a tomar viento.
-No es tan fácil Inés, ya sabes como son los árabes, muy moros, nunca mejor dicho – dijo Micaela
-Eso es verdad. Le debió entrar media locura a la pobre muchacha, no sabe lo que le espera. Cuando quiera escapar ya será tarde. Esto me recuerda a Fina la hija del mecánico, pobrecilla. Sabéis que se casó hace unos años con Rogelio, el hijo de la señora Carmen ¿verdad?
Las otras asintieron en silencio.
-Bueno pues sabréis también que a sus padres no les hizo mucha gracia semejante boda y no les faltaba razón. El muchacho siempre fue un cabeza loca, le gustaba beber, el juego, hoy trabajaba aquí, mañana allá….y no es que fuera mala persona, de eso nada, pero no era la clase de hombre que unos padres quieren para su hija. El caso es que Finita se empeñó en casarse con él y los padres no tuvieron más remedio que acceder. Pues bueno, cuando se casaron se fueron a vivir con la madre de él, que ya se sabe como es, una arpía, una serpiente venenosa y así fue para la pobre chiquilla. Parece ser que la trataba como una cenicienta, tenía que hacer todas las tareas de la casa mientras ella se dedicaba a pasear por el pueblo haciendo recados inexistentes. Encima era ella la que manejaba el poco dinero que ganaba su hijo, a Finita no le daba un duro, pues decía que siendo ella la que se ocupaba del mantenimiento de la casa, poca falta le hacía a la chiquilla andar con un dinero en el bolsillo. La pobre soportaba con resignación todas las maldades de su suegra, tal era el amor que sentía por su marido. Al poco se quedó en estado de su primera hija, un embarazo que estuvo a punto de malograrse dos veces, puesto que el médico había recomendado a la muchacha reposo, pero la malvada de la suegra no la dejaba descansar ni un segundo. Decía que esas eran tonterías, que ella había estado embarazada siete veces y que en ninguna de ellas había dejado de trabajar y mucho más duramente. Sólo cuando tuvo la segunda amenaza de aborto la dejó en paz, aunque sin dejar de mortificarla por lo vaga que era. Luego, cuando la niña nació, decidió que una mujer débil y enfermiza no podía cuidarla, así lo mejor era que ella misma se hiciera cargo de la pequeña. Finita enfermiza nunca fue, pero débil de carácter si, y aguantó que la suegra mangoneara su vida de semejante manera por no tener enfrentamientos con ella ni con su marido. Éste, que resultó ser un pelele de poca monta, hacía todo lo que su madre ordenaba y siempre se ponía de su lado en las discusiones, a cambio de que ella pasara por alto sus correrías. Hace unos días llegó tan borracho a casa que a un mínimo reproche que le hizo su mujer respondió con una paliza, según la chica con la ayuda y el beneplácito de la madre. Fijaros como sería que la chica salió ayer del hospital, donde estuvo internada diez días. Por supuesto se fue directamente a casa de sus padres. Dice que no quiere volver con su marido, que lo único que desea es que le devuelvan a su pequeña, a lo que la suegra, por supuesto, se niega en rotundo. Imaginaros el panorama.
-¡Uy, por Dios! Pobrecilla, pues va a sufrir mucho la chiquilla, os lo digo yo, que fui vecina de la suegra cuando era una niña y ya por aquel entonces era una mala pécora. – dijo Micaela.
- Ya veis, a veces cuanto más buena eres, más desgracias te manda el Señor, porque esta chiquilla…..si es un trocito de pan – adujo Rita.
-En fin – concluyó Paquita – que hay para todos, y todos tenemos que aguantar lo nuestro. Ahora, ¿Qué os parece si echamos una partidita al tute?
Todas accedieron y tomaron posiciones alrededor de la mesa camilla pulcramente vestida con su faldón de ganchillo blanco. Ante unas copitas de anís y unos pastelitos, iniciaron su partidita de cartas. Los cotilleos habían llegado a su fin.

Doña Paquita se levantó soñolienta de su mecedora, con una sonrisa en los labios provocada por los recuerdos de aquella tarde, de aquella maravillosa tarde de domingo. Se levantó y renqueante se dirigió a su habitación, era hora de dormir. Dentro de siete días un nuevo domingo volvería a sacarla de la rutina, volvería a hacer su vida un poco más feliz.

1 comentario:

fatima dijo...

Lo del cotilleo es un vicio muy malo. ¿Qué es lo que hará nuestra vecina desde que cerró el chiringo? Fijo que también organiza tertulias a las seis jajaja!